'(...) Algo hay que decir, al menos desatar la
ira frente a la impudicia de cinco momias del Tribunal Constitucional que se arrogan el derecho de apoderarse del cuerpo de la mujer para decidir sobre
sus proyectos fecundatorios. Pareciera que después de tanto andar en el difícil
trayecto de la liberación, ciertos proyectos de identidad que creíamos
ganados son remitidos a la mazmorra feudal del catolicismo inquisidor. ¿Pero quiénes
hablan de la vida y la familia con la boca llena de espermios vinagres? La
misma derecha miliquera cómplice del crimen a mansalva.
¿Quién habla de la vida y pone los ojos blancos mirando al Altísimo? El mismo prelado al que se le espumea la boca negando el condón, que es el único salvoconducto en la frontera del
sida. ¿Acaso, señor eclesiástico, su celibato pedófilo es más recomendable?
Tal complicidad retrógrada entre los magistrados y la curia violenta el derecho
que tiene toda mujer a decidir sobre su cuerpo. Si no eres dueña de tu cuerpo,
mujer, ¿de qué mierda eres dueña? Mujer pobre, mujer proleta, mujer obrera,
cansada de trabajar, lavar, educar, amamantar a la prole que, según estos
beatos, te manda Dios. Como si Dios te diera un bono de mantención para la
crianza. Como si los críos vinieran con una beca divina. Mira tú, si los
ricos Opus pueden darse el lujo de parir a destajo porque les sobran las lucas.
En el fondo, como dice una amiga, este pastel podrido es segregación clasista.
Que tengan guaguas como conejas las cuicas UDI, que tienen servidumbre para que
les críen a los nenes blanquitos. Porque también, si ellas no quieren, pueden
hacerse el aborto de un millón, en el fundo o con el médico de la familia, y
después llegar regias al cóctel en La Dehesa.
Pero esa realidad glamorosa no
es la suya, señora pobla. Con cueva ha logrado tener tres niños, y aun así,
usted y su marido se sacan la chucha para educarlos. Y esa monserga de la
vida, del huevito, del feto de días que piensa, canta ópera y recita la Biblia, el
feto filósofo que es más que un ser humano.
Quién sabe, quién tiene la seguridad del momento cuando empieza el mambo de la vida. Pura culpa y más culpa que le meten en la cabeza. Como dice mi amiga feminista Raquel Olea, ¿cuando usted se come un huevo, qué se come: un huevo o un pollo. Dirán que esto es
facilismo. ¡Manual feminista!, gritará alguna cuica Opus. ¿Y qué? Todas las
mujeres populares saben del aborto, del palo de perejil, del alambre y de
los riesgos que corren con las aborteras clandestinas.
Además, todas conocen los malos tratos y crueldades a que las someten en las postas públicas cuando llegan con hemorragia. La culpa cultural es la construcción madre, virgen y mártir que ha hecho esta sociedad occidental de la mujer. ¿Qué sabe el hombre de un
cuerpo agredido en su género desde que nace? Nació chancleta, decía antes la gente,
y las perritas se ahogaban en el río.
Lo mismo pueden decir de mí; qué sé yo de esto, de un territorio corporal tan vasto y mortificado por un designio religioso y parturiento. Y quizá tendrían razón, pero me complicito con la libertad del cuerpo mujer y sus decisiones de supervivencia, de tener o no
hijos, de tomar la píldora del día después, después de tener un rico sexo
espumeante. ¿Por qué estos rígidos señores condenan a la clase trabajadora a
tener sexo sólo procreativo? ¿Y si el polvo era sólo por calentura casual?
Si la cachita era sólo para pasar la neura, sólo por deseo. Ustedes, señoronas de
misa dominical, ¿conocen la palabra deseo? ¿O sólo se abren de piernas para tener
hijos? Pero ese es problema de ustedes, y no tienen que imponer esa moralina
alpaís entero.
Tampoco se crean las damas zorrijuntas que llegar al aborto es
una gimnasia recreativa. Si fallaron las pastillas, si no resultó el tarro,
si el condón se rompió, la colegiala, la pobladora, tiene que vender lo que no
tiene para arriesgarse con un raspaje con gillete mohosa.
Alguna vez le pregunté a mi madre si se había hecho algún aborto. Me dijo que sí con
aburrida indiferencia y después hablamos de otra cosa, mientras ella apagaba la tele
donde el cura Hasbún vomitaba sentencias y amenazas con cola de
lagarto.'
Pedro lemebel
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